
¿Alguna vez te has preguntado si las decisiones que has tomado fueron las correctas y si estas te han llevado por el camino que planeaste y hoy sigues?
Las decisiones de por sí son un punto vulnerable en la vida de cualquier persona, pero a la vez son las más grandes hazañas que uno puede realizar.
Desde que nacemos, nuestra vida está obligada a afrontar decisiones, algo más elaboradas que la de los animales, pero con un fin similar, el cual es “decidir para sobrevivir”, claro que en sentidos muy distintos.
Decisiones, las que comenzamos a hacer desde kinder: qué crayola usar, el color y la forma de la mochila (obviamente igual al dibujo de moda); qué cartuchera pedir que te compren, de Power Ranger o Transformers tal vez; si eres mujer, las de Barbie Teacher o sus derivados seguramente. Otra decisión estará en elegir a tus primeros amigos con quienes jugar y, en uno de esos juegos, decidir quién eres: ladrón o policía; quizás planear una travesura a la profesora o fastidiar a la niña de trenzas enormes, cosas así, simplemente decisiones.
Pero tenemos que remarcar que, como todo en la vida, mientras más creces física y mentalmente, más difícil se hace decidir.
Podemos decir que la decisión fundamental en la vida será la de escoger a las personas a quienes llamaremos amigos o mejores amigos, porque uno puede decir que eso uno no lo escoge, el entorno te lo da y listo, pero puedo decir que eso es una reverenda mentira.
¿Quién no escogió a la primera persona a la que besó por primera vez, a la que le dio el primer regalo, a esa persona a la que le dio una felicidad muy distinta a la antes vivida? Claro que esas decisiones vienen con sus respectivas consecuencias, y eso implica muchas veces desilusiones y tristezas, pero en fin, así es la vida.
Para algunas personas se les puede hacer más fácil que otras personas decidan por ellas, de lo cual solo acatarán lo dictaminado, pero creo que tal grado de pasividad es signo de una baja autoestima y de seguridad y puedo asegurar que no podrán surgir social ni personalmente por sí solos.
Decidir la carrera llega después, conflicto que no muchos logran superar; el ser igual que sus padres o simplemente obtener un reconocimiento que nunca antes lo tuvieron son cosas que se les presentan. Lo que sea que se decida, terminar lo que se comienza, muchachos.
Decidir muchas veces nos llevará a errores, errores que nos pueden sepultar socialmente, o quizás perder los que más quieres, pero eso es lo más bonito de todo esto: esa sensación de peligro es la que, aunque no lo crean, les pone el sabor a la vida, y sin ella solo sería algo monótono y sin sentido de vivirla.
Pero de todas las decisiones tomadas hasta ahora, las que nunca deben arrepentirse (salvo en escasas excepciones) son las que se tomaron porque algo o alguien se quiso mucho, pues siempre de todo eso queda algo bueno, algo rescatable, algo imposible de olvidar, y además, como escuché una vez decir: “Nadie te quitará lo bailado”. Pues fueron momentos inolvidables, decisiones bien tomadas…
Pero de todo esto, existe una excepción, como todo en esta vida. La única decisión a la cual estamos supeditados a acatar y que se escapa de nuestras manos es la familia, pues nadie está en la facultad de escogerla.
Seres a los cuales, bien o mal, siempre estarán ligadas voluntaria e involuntariamente. Parece que esta excepción estará con nosotros como un sello, un código de barras que nos dirá quiénes somos y nos hará recordar siempre de dónde venimos para así nunca avergonzarse y tenerlo siempre presente. Es en vano renegar de la familia, pues si nos ponemos a meditar y queremos saber cómo somos y cómo tratamos a las demás personas, solo tenemos que ver cómo tratamos a nuestros seres queridos, pues de ellos se aprende casi todo.
Las decisiones de por sí son un punto vulnerable en la vida de cualquier persona, pero a la vez son las más grandes hazañas que uno puede realizar.
Desde que nacemos, nuestra vida está obligada a afrontar decisiones, algo más elaboradas que la de los animales, pero con un fin similar, el cual es “decidir para sobrevivir”, claro que en sentidos muy distintos.
Decisiones, las que comenzamos a hacer desde kinder: qué crayola usar, el color y la forma de la mochila (obviamente igual al dibujo de moda); qué cartuchera pedir que te compren, de Power Ranger o Transformers tal vez; si eres mujer, las de Barbie Teacher o sus derivados seguramente. Otra decisión estará en elegir a tus primeros amigos con quienes jugar y, en uno de esos juegos, decidir quién eres: ladrón o policía; quizás planear una travesura a la profesora o fastidiar a la niña de trenzas enormes, cosas así, simplemente decisiones.
Pero tenemos que remarcar que, como todo en la vida, mientras más creces física y mentalmente, más difícil se hace decidir.
Podemos decir que la decisión fundamental en la vida será la de escoger a las personas a quienes llamaremos amigos o mejores amigos, porque uno puede decir que eso uno no lo escoge, el entorno te lo da y listo, pero puedo decir que eso es una reverenda mentira.
¿Quién no escogió a la primera persona a la que besó por primera vez, a la que le dio el primer regalo, a esa persona a la que le dio una felicidad muy distinta a la antes vivida? Claro que esas decisiones vienen con sus respectivas consecuencias, y eso implica muchas veces desilusiones y tristezas, pero en fin, así es la vida.
Para algunas personas se les puede hacer más fácil que otras personas decidan por ellas, de lo cual solo acatarán lo dictaminado, pero creo que tal grado de pasividad es signo de una baja autoestima y de seguridad y puedo asegurar que no podrán surgir social ni personalmente por sí solos.
Decidir la carrera llega después, conflicto que no muchos logran superar; el ser igual que sus padres o simplemente obtener un reconocimiento que nunca antes lo tuvieron son cosas que se les presentan. Lo que sea que se decida, terminar lo que se comienza, muchachos.
Decidir muchas veces nos llevará a errores, errores que nos pueden sepultar socialmente, o quizás perder los que más quieres, pero eso es lo más bonito de todo esto: esa sensación de peligro es la que, aunque no lo crean, les pone el sabor a la vida, y sin ella solo sería algo monótono y sin sentido de vivirla.
Pero de todas las decisiones tomadas hasta ahora, las que nunca deben arrepentirse (salvo en escasas excepciones) son las que se tomaron porque algo o alguien se quiso mucho, pues siempre de todo eso queda algo bueno, algo rescatable, algo imposible de olvidar, y además, como escuché una vez decir: “Nadie te quitará lo bailado”. Pues fueron momentos inolvidables, decisiones bien tomadas…
Pero de todo esto, existe una excepción, como todo en esta vida. La única decisión a la cual estamos supeditados a acatar y que se escapa de nuestras manos es la familia, pues nadie está en la facultad de escogerla.
Seres a los cuales, bien o mal, siempre estarán ligadas voluntaria e involuntariamente. Parece que esta excepción estará con nosotros como un sello, un código de barras que nos dirá quiénes somos y nos hará recordar siempre de dónde venimos para así nunca avergonzarse y tenerlo siempre presente. Es en vano renegar de la familia, pues si nos ponemos a meditar y queremos saber cómo somos y cómo tratamos a las demás personas, solo tenemos que ver cómo tratamos a nuestros seres queridos, pues de ellos se aprende casi todo.
1 comentario:
Ay mi Cesinha! Excelente reflexión. Yo siempre digo que la familia es antes que cualquiera...pero siempre hay gente que la sientes como parte de tu familia extendida. En ese caso, mis amigos de verdad son mis hermanos de la vida.
Te miento si te digo que extraño AHORA nuestras charlas, pero sé que lo haré cuando sepa que era el tiempo de tenerlas. Un beso y no te olvides que te quiero :)
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