La historia de la vida no siempre empieza y termina como en las películas, el clásico niño que sufre pesares y maratónicos sufrimientos para luego, por acto de magia, aparecer el pariente millonario y le cambie la vida. Pienso que las historias que cada uno tiene que contar son más alegres, más interesantes y algunas veces mucho más sufridas que las mismísimas telenovelas lloronas mexicanas que el canal 4 siempre presenta.
Pero me centro en lo que quiero decir ahora, hablar de una historia que puede ser la tuya, como lo pudo ser la mía o al menos hubiera querido q sea; en fin, solo es narración, nada más que eso.
Del chico del que les quiero hablar es de un chico llamado Eduardo; lo conozco muy bien porque viví y sufrí algunos de sus pesares o al menos los más importantes. Es que la cercanía de nuestras casas hacía más fácil nuestra conexión.
Secundaria, una de las cosas más emocionantes y excitantes que pudo tener hasta ese momento, donde conoció a los que hasta ahora considera sus mejores amigos y, según pude corroborar, hasta ahora aún lo son.
1 Día de clases:
Es lunes como siempre y hasta ahora le sucede, no se acostumbra a los horarios estrictos que la sociedad capitalista impone, al final lo hace. En fin, el uniforme nuevo y el nuevo colegio despiertan en él una curiosidad digna de curar. Orgulloso por haber aprobado el examen de ingreso, que la verdad, a mi parecer y al suyo, solo sirve para aumentar fondos más que ; en fin.
Bañadito, camisa nueva igual que los zapatos, se dirige hacia ese colegio inmenso, de mucha historia y del cual quería formar parte. Oohh, qué bien el pasaje escolar; en ese entonces todavía costaba 0.30 céntimos de sol, qué maravilla para los escolares y desgracia para los cobradores que nos odiaban por eso.
Parado en la fila al igual que un sinfín de muchachos como él, viendo a los chicos de 5º año, que posiblemente dentro de pocos años se convertirán Pero algo lo perturba, ¿Eduardo, verdad? le dice un chico gordo, alto para su edad, al que todos a primera vista veían con miedo. Sí, si claro, Eduardo, responde temeroso. Dentro de él se asombra de lo suertudo que puede ser, el primer día de clases y ya le darán una golpiza de bienvenida, pero no recordaba quién era ese muchacho desaliñado con la camisa afuera y con aspecto de hijo de delincuente momón; no recordaba qué le podía haber hecho en su corta vida.
A ese muchacho, al que lo nombraré "Montesco", lo miro fijamente y sonrío; es cierto, una sonrisa pendeja, de esas en las que no sabes si te toman el pelo y te lo dice con honestidad. Le dijo que lo conocía por su mamá; la mamá de Eduardo es profesora y ella le había enseñado hace mucho tiempo y de ahí la relación. "No te preocupes, Eduardo, cualquier pleito, me pasas la voz; no conoces la la secundaria aún y verás que me vas a necesitar algún día". Mucho caso no le hizo , nada quería que cambiara su concepto sobre la vida en la secundaria. Pero algo de esto lo tranquilizaba: tener un guardespalda y de tal tamaño lo hacía invulnerable, con licencia para joder a todo y a todos.
Llegó la hora de que escogieran las aulas, se sentía seguro porque en el examen de ingreso ocupó los primeros puestos, así que con los matones no le tocaría ni a balas. Cabe mencionar que en un colegio nacional las cosas varían de extremo a extremo. Están desde los más inofensivos hasta los más energúmenos, como decía mi profe de literatura. Terminó la bienvenida por parte de las autoridades del colegio, más aburridas, pero bueno, había que acostumbrarse. Los profesores tenían el primer listado, aula A, nombró a todos menos a Eduardo, pero había decidido que la desesperación estaba fuera por ese día; solo la paciencia reinaría , bueno, al menos por ese día. Dictaron las famosas listas: Aula B, C ,D ,E , F... Nooooooooooooooo, Dios... Aula G el último salón que quedaba en la mañana, estudiar en la tarde, ni pensarlo, no quería formar parte de esos grupos. Según se tenía entendido hasta ese entonces, los chicos problemas y no malandrines estaban en el turno tarde, tiempo después, la vida misma le enseñaría que no era asi. Bueno, no estaba dispuesto ,que lo degradaran a tal escalón; era muy orgulloso el Eduardo, pero bueno, Aula G, lo llamaron por fin, era un premio consuelo, pero no estaba dispuesto a aceptarlo totalmente. Como en muchos lugares e instituciones suele suceder, se recurrió a una de las tácticas más antiguas en el comercio de bienes y servicios: "las influencias".
Solo 3 semanas duró en ese salón, pero le bastó para darse cuenta de la realidad de pertenecer a un colegio nacional, pero no estaba dispuesto a rendirse. Por fin el día que esperaba llegó. Al fin, Eduardo tuvo su primer rose con un muchacho del salón; su nombre era Horacio, un tipo idiota a mi parecer, que al no tener la facultad para hacerse notar por sus propios medios buscaba a alguien a quien darle golpiza, y Eduardo no estaba dispuesto a aceptarlo, puesto que su reputación para toda la secundaria estaba en juego, a la hora del recreo te espero, hijo de put.. Y Eduardo, para no quedarse atrás, lo insulta de la misma manera: "No te tengo miedo, conch......, ahí te esperaré", le contestó. Pero en fin, ya seguiré contando como fue la vida de este querido compañero.